Ambigüedad
Siento como si hubieran pasado meses desde la última vez que postée algo. Quizás se deba a que esta ha sido una semana un tanto… “extraña”. He pasado de sentirme deseado sexualmente a sentirme… no sé, ¿cómo lo puedo explicar? Es como cuando suceden bien las cosas, pero como si en el fondo supieran de que no pasó nada. Como si eso que fue bueno fuera realmente una “ilusión” y que las cosas simplemente fueron ambiguas.
¿Suena confuso? Pues ahora imaginen cómo me siento. Pero, para no perder la costumbre, les cuento mi vida de manera resumida. Tengo que hacer algo con este exhibicionismo, no es que no me guste, la verdad, pero uno nunca sabe quién puede estar leyendo (soy paranoico ¿recuerdan?). En fin, a lo que voy es a lo siguiente.
Hace como dos semanas salí con uno de mis amores platónicos a una de esas “citas” cuyo caracter ambiguo te hacen pensar que todo puede suceder, cosa que en verdad sucedió. Dentro de todos los escenarios posibles, todo sucedió extrañamente “bien”, ¿cómo saberlo con certeza? Tenía como unos 8 años sin tener una cita. No soy una persona que me asuste con facilidad, se puede decir que soy medio perversote (en un sentido freudiano, les aclaro), ¿que ella tiene novio/prometido? puedo manejarlo, no me afecta en lo absoluto ¿Sus manías? bueno, yo tengo las mías, y pueden ser igual de bizarras que las de cualquiera, ¿Su caótica vida? bah! nada del otro mundo.
La “cita” duró aproximadamente 3 horas, yo pensaba que me mandaría a volar en menos de 1, creo que con esto romí un record. Tomamos café (menos yo que no lo tomo) y charlamos de varias cosas, su vida, la mía, Hermosillo, el mal servicio de Sanbrorn’s, el que me dejaran encerrado en el baño cuando fui a él (pero eso se los cuento otro día). Aproveché para hacer el clásico 1, 2, 3, al estilo Noriega, y, siguiendo el comentario de una amiga, decidí portarme como no soy (bueno, ella no me aconsejó eso, pero pensé que sería buena idea). Llevé mi charla amena y mis mejores chistes (olvido que en el mundo “normal” mis chistes no son buenos, pero tenía que divertirme). Salimos a comernos una nieve (me sentía como en un comic de Archie, por lo fresa de la situación), al final se despidió con un beso en la mejilla y una promesa: vernos nuevamente. Es más, hasta le confesé que le había dedicado un post en mi blog, cosa que le pareció gracioso (no me quise arriesgar que fue un post en mi blog y otro en mi fotolog, no quise tentar a mi suerte jeje).
Pero algo no encajaba, no se qué. Así que le mandé un email (aaah porque me dio su email), no me lo contestó. Pasaron 4 días, no la volví a ver, así que pensé que sería buena idea mandarle un mensajito a su celular. Tampoco lo contestó ¿Qué no sabe que mi ego es tan grande que requiere retroalimentación constante? ¿Qué clase de amor platónico es ese? Se los juro, regularmente no soy tan persistente con las personas (dice una amiga que es porque soy acuario, yo digo que es porque soy un ególatra, aunque en esencia es lo mismo) pero a los días le mandé un nuevo email, éste si lo contestó. Me decía que muy probablemente nos veríamos el viernes de la siguiente semana. Y así fue. Esa noche se portó muy amable y simpática, incluso llegué un poco “alegre” (quizás debido a las cervezas, quizás debido a la calentura, quizás un poco de ambas).
Llego a mi casa, y mientras revisaba mi email, a la 1:30 AM, llegó un mensaje desde un celular que no conozco. “Ke onds. Te extraño”. Ese no era su celular, pero ¿quién de los que conozco osa escribir K’s en lugar de Q’s sin miedo de que le haga un escándalo? ¿Quién de los que conozco me mandaría un mensaje a esas horas para decirme que me extraña? ¿Quién de mis amigos(as) se tomaría la molestia de escribirme desde un celular ajeno? Tenía que ser ella, se quedó sin saldo, le pidió el teléfono prestado a alguien y, claro, desde ahí me mandó un mensaje. Todo era malditamente lógico.
Justo en ese momento, recordé que días anteriores me había gastado el saldo de mi celular concertando una cita para el oculista de mi sobrino (quien por cierto, necesita lentes), aún así intenté (desesperadamente) de contestar la llamada, “el saldo de su amigo se ha agotado” (maldita grabadora), traté de mandar un mensaje (saldo insuficiente), quise mandar un mensaje desde la página de telcel (el usuario no tiene activado este servicio) ¿era el fin de mi vida sexual? No! Aún quedaba el email. Así que le escribí, me disculpé por no poder llamarle y le dije (¿rogué?) que esperaba no haber desperdiciado mi oportunidad.
La espera fue eterna, con los antecedentes sabía que bien podría no contestar, con lo que incrementaría mi ansiedad, sumado a esto habría que añadir que no me pagan hasta el lunes (y apenas era sábado en la madrugada) y no tenía dinero para comprar saldo a mi celular. No esperé que me contestara en ese instante, pero quizás lo hiciera más tarde. Me levanté, entré a leer mi cuenta de email y nada… cero mensajes, tanto de amigos como de ella. Silencio en la red.
Al cabo de unas horas volví a revisar y ahí estaba, un mensaje de ella. Lo abrí desesperado, ¿qué me diría? ¿aceptaría otra salida? ¿se habría rendido al encanto Noriega? ¿diría que no y que la había malinterpretado? Supongo que debí suponer lo que pasó después, pero a veces olvidó que se trata de mi vida. “Disculpa, pero honestamente no se a qué mensaje te refieres, yo no te he escrito nada. Yo también lamento no haberme despedido de ti. Besos”, contestó lapidaria. Sudé frío, tuve palpitaciones, ¿me sentí frustrado?, ¿dudas? ¿me miente? ¿número equivocado? DEMONIOS!
Hice mil teorías (y aún las sigo haciendo). Si no fue ella, ¿entonces quién? Me niego a creer que fue un número marcado por error, no ahora, no en este momento. Recordé una tarjeta de teléfono público que tenía guardada en la cartera desde hacía meses. Fui, junto con un amigo al teléfono público más cercano, revisé el saldo: 6 pesos. Eso era una llamada rápida de un minuto.
Marqué… eso tenía que sacarme de la duda. “¿Bueno?” dijo un hombre al otro lado de la bocina (llanto de niños al fondo), “Disculpe, ¿con quién hablo?” pregunté, “Con no-recuerdo-su-condenado-nombre”, contestó. “Número equivocado” dije desilusionado y colgué. Ahora me cuestiono si debí haber preguntado más, como sugirió mi amigo, quizás me hubiera quedado más tranquilo. Quizás tuve miedo de desilusionarme más, quizás preferí vivir con la ambigüedad de la llamada. Quizás mañana se me ocurra algo.
Lo demás fue tan precipitado que apenas lo recuerdo. Compramos algunas cervezas, jugamos algunos videojuegos y nos divertimos como enanos gracias a la ebriedad. Al final, no se cómo, no se por qué, terminamos charlando en una esquina con esas personas que me rodean recientemente, uno de ellos había matado a su madre con un picahielos y el otro se había peleado previamente con él a machetazos ¿No es maravilloso el Hermosillo nocturno? Tan sórdido y siempre dispuesto a sorprenderme.
Para rematar el día, mi amigo estuvo a punto de parar en la cárcel, concretamente porque se tomaba una cerveza mientras caminábamos. Eso hubiera sido la guinda del pastel, aunque al final los polis nos (le) dejaron ir. Hablamos con nuestro proveedor de Hot dogs y quedamos de pagárselos hasta el lunes (no teníamos dinero).
Para terminar la semana, fui a ver El Ilusionista y me aburrí terriblemente, me pareció la trama más pretenciosa en mucho tiempo, además de completamente predecible. Volvimos para cenar Hot dogs (sí, de nuevo, ha sido mi dieta fiel desde hace meses) y el “hotdoguero” me enseña el periódico: “Adolescentes participan en una orgía en pleno parque Madero a las 12:30 horas”. Al parecer Hermosillo, no solo es sórdido de noche.


El contexto histórico del filme está situado justo al finalizar la 
Si el Diablo se viste de Prada, según la película que está en cartelera, la apariencia de “Cupido” era todo lo contrario. Era un tipo que vestía una camiseta vieja, unos pantalones raídos de mezclilla, una mochila vieja en la espalda y de color negro (supongo que es el lugar donde guarda las flechas y el arco) y una borrachera que ya quisiera el mismísimo
“Muchas gracias por los buenos deseos”, le dije, “Te agradezco que me los digas” y me despedí con un apretón de manos. Empecé a caminar, sólo para descubrir que mi amigo se había quedado rezagado, cuando lo apuré me dijo que se había sorprendido por lo raro de la situación y empezó a bombardearme de preguntas al respecto, cuando volteó para despedirse de Cupido éste ya no estaba. Se había perdido en la oscuridad de las 11 de la noche, no supimos si solo venía a darnos ese mensaje y se regresó a cupidolandia (o donde sea que viva) o simplemente dobló en alguna esquina antes de que pudiéramos darnos cuenta.