Monday, March 12, 2007

El día que me volví sujeto de pruebas de un laboratorio

Primero, las disculpas obligadas por no actualizar el blog. Luego, el clásico pretexto, también obligado: No he tenido mucho tiempo para hacerlo, en primer lugar porque un día descubrí que entre más tiempo libre tenía, más hiperactivo me sentía. Así que simple y llanamente empecé a ocuparme. En segundo lugar, sucedió que tal estrategia tuvo un éxito abrumador, hace cosa de dos semanas descubrí que no tenía tiempo libre y que era muy desgastante, aunado a mis 5 horas diarias de sueño.

Por otro lado, sigo negándome a salir de aventuras, un amigo dice que me he vuelto cobarde, creo que tiene razón, por alguna razón que desconozco ahora si me da miedo ser asaltado con cuchillo en mano o toparme con matricidas (por cierto, el matricida tiene cara de niño bueno… si no lo conociera tan bien) y ladronzuelos de poca monta. Así que eso ha reducido la cantidad de posts que puedo poner con la aventura en turno.

Sea cual fuere el caso, avanzo a la historia en cuestión, un buen día, llegaron a charlar unas personas que venían de alguno de esos laboratorios famosos con el médico del lugar donde trabajo. Quien sabe que tanto hablarían y tampoco me interesaba mucho, para ser franco, especialmente por mi repudio paranoide hacia empresarios que dejan morir niños de SIDA en África o en cualquier parte del mundo mientras se forran los bolsillos de billetes.

Como sea, antes de que empiece con esas palpitaciones cardíacas que me dan cada que me enojo (y que yo relaciono con un síntoma claro de la ansiedad), les cuento que al salir de hablar con el médico, éste se acercó risueño diciéndome que había conseguido financiamiento para combatir la rinitis alérgica. Mi respuesta fue un “Hey! Yo tengo esa cosa!” y, es verdad, cada que llega el cambio de clima mis ojos y mi nariz parecen las cataratas del Niágara. Una sensación tan suave y cálida que únicamente puede ser equiparable a una suave y cálida patada en los testículos.

Tener alergia no es sencillo, cuando adolescente estudié en una secundaria que tenía la buena costumbre de enseñarnos ganadería, agricultura y apicultura. Vaya, el ganado y las abejas eran lo de menos. Una picada de abeja no es la gran cosa, te duele como si el mismo demonio te clavara el trincho entre las nalgas (antes de que empiecen a especular aclaro que esto nunca ha pasado, pero supongo que debe doler), pero desaparece rápidamente. Vale, estoy exagerando, no duele tanto y no había nada como ponerse un poco de fango en la herida para que actuara como… como… ya, no sirve de nada, pero el efecto placebo era maravilloso.

Como decía, eso no es nada… ¿pero cortar la maleza? Creo que eso fue lo que me hizo ser agnóstico. Era la cosa más horrible. Claro que en aquel momento yo no sabía que era alérgico, pero un día empecé a sospechar que algo no marchaba bien cuando veía que los demás andaban tan campantes y yo, llorando como Magdalena en pleno Via Crucis. Al final, cumplí mi condena, quise decir, mi educación secundaria… pero que nadie me pregunte por la temporada de cosecha de la cebolla o de las clases de abejas que viven en una colmena, porque les recuerdo que tengo memoria de teflón. Pero de alguna manera que no conozco, me han hecho un mejor psicólogo (seeeeguro).

Volviendo con el médico, éste me dijo que entonces yo podría ser beneficiario del tratamiento. No es que me mortifique vivir con alergia, de hecho ya estoy tan acostumbrado a ella que la espero amorosamente, cual Penélope a su Odiseo. Pero siempre es interesante saber qué se sentirá tomar un medicamento de manera regular. Cosa que evito con frecuencia. Finalmente me enseñó la envoltura y la mostró. ¡¡Era una pastilla enorme!! Le dije que no creía poder tragarme algo como eso y me dijo “No, no se traga”. Ah no, sáquese, como supositorio tampoco me apetece (pensé).

Al final, me dijo que solo se ponía sobre la lengua y eso era todo, a esperar que se derritiera, cosa que hizo de manera inmediata. Era como un orgasmo en mi propia boca. Acto seguido, sacó una lista y empezó a hacer preguntas, ahí descubrí, mis queridos alérgicos, que si algún día prueban ese medicamento y se curan es ¡GRACIAS A MI! que fui un conejillo de indias.

La verdad es que mi hipocondría me hizo reaccionar de manera rápida al medicamento, y más tardó en derretirse que yo en sentirme de plácemes. ¡Ahora voy por mi quinto día! Creo que no es tan malo ser conejillo de indias después de todo, claro que los hijos mutantes tampoco están tan mal, algún defecto debían de tener. Solo hay que alimentarlos con cabeza de pescado y esconerlos en el sótano o en el ático (depende del gusto de cada quien).

De todos modos ahí descubrí una realidad que me he negado a ver por mucho tiempo. ¡Tengo la nariz chueca! ¡Y ahora hasta el médico me lo dice! No importa que las radiografías no lo digan, basta con tener la nariz chueca para que alguien diga que tengo el tabique desviado. Eso debe ser algo muy erógeno en alguna cultura ¿cierto? ¿cierto? ¿verdad que sí?

Aquí la moraleja de esta historia. No hay nada como ser un alérgico en un pueblo campesino, donde tener alergia es sinónimo de ser un flojo.

Posted by Joker at 08:27:38 | Permalink | Comments (4)