¿A quién vas a llamar?
Ya tenía tiempo sin escribir… blah blah blah… me disculpo, blah blah blah… prometo actualizar más seguido, blah blah blah. Ya saben, lo mismo de siempre. Ahora a lo que voy, tratando de paliar un poco mi desidia.
Tenía tiempo sin saber qué escribir, después del éxito del post anterior tenía que superarme a mi mismo, especialmente en la parte donde algunos creyeron que lo que escribo es ficción, por cierto, no supe si sentirme halagado o patético. Pero remontémonos, gracias a la magia de la imaginación, al maravilloso año 2000.
Ese maravilloso año inició como un año bisiesto y toda la paranoia sobre el Y2K no pasó de ser mera fantasía, y yo había descubierto una maravillosa canción de Joaquín Sabina, 19 días y 500 noches y de la cual me resistía a desprenderme, aún cuando el disco había salido un año antes. Eran tiempos de cambio, teníamos algo que algunos llamaron democracia y en Estados Unidos se legalizaban las uniones entre personas del mismo sexo. También para mi soplaban vientos de cambios, después de mucho tiempo encontraba a alguien con quien me sentía cómodo.
Una noche decidimos visitar el Parque Madero, éramos 3, Homar, mi novia y yo, de repente fuimos víctimas de un asalto improvisado. Una pandilla de “cholos” (que no es otra cosa que un estereotipo asociado al delicuente juvenil) nos habían rodeado, habría que aclarar que eran como 6, pero todos montados estratégicamente en una bicicleta, y cuando digo que todos venían en una bicicleta tómese de manera literal. Habían roto todas las leyes de la física, y sí, para mi también era nuevo el darme cuenta que esa una habilidad inherente a los cholos. Todavía hago cuentas y veo que es francamente imposible que se hiciera tal hazaña.
El caso es que, valiente o estúpidamente, según se quiera ver, había puesto atrás mío a la chica, mientras trataba de dialogar con los agresores… Homar, había corrido a pedir ayuda a las casas vecinas, al ver esto, los tipos escapan, no sin antes robarse mi celular. Lo que sigue es una mezcla entre la estupidez humana y una de las mejores historias épicas que jamás he vivido… algo así como Jerry Lewis conoce a Bruce Willis. Esta noche le decía a Homar, que lo extraño no es que yo lo haya hecho, sino que él me haya seguido.
Al calor de la adrenalina y bajo la poca valoración de mi vida de aquellos días, nos montamos al auto para perseguir a los agresores, nosotros llamamos a esta aventura Los Cazacholos y fue “inmortalizada” por nuestro amigo Esteban en esta recreación de los hechos, muy a su estilo.

El caso es que mientras perseguíamos a los susodichos, con la novia en la parte trasera del auto, ella grita “Un celular no vale tu vida”, y de nuevo, yo, el bocazas, contesta “Vale madre que lo vale”… sabias palabras que después me persiguirían a manera de sarcasmo: “Vaya que valorabas tu vida”. Milagrosamente, los cholos habían hecho un acto de desaparición propia de Houdini, a lo lejos vemos a uno de ellos corriendo por la banqueta, lo seguimos vertiginosamente y en un acto de “heroísmo”, abrí la puerta del auto, al tiempo que dije la segunda frase que me inmortalizaría: “Ahora sí, papacito”. Sí, leyeron bien, le dije “papacito” al tiempo que brincaba justo encima de él. Varios tratamos de imaginar lo que sintió el chaval al ver a un tipo brincando de un auto en movimiento, emulando a Batman, y en lugar de gritar algo más “varonil” como “Vas a sufrir” o “Ahora es tiempo de la venganza” (que se yo, soy malo con las frases prefabricadas), opta por gritar “Ahora sí, papacito”. Suponemos que el tipo se sintió violado.
Como sea, le caigo encima al tipo mientras le grito a Homar que saque el fierro (otra connotación mexicana relacionada con el pene, por lo menos en la localidad), éste decide no hacerme caso y opta por sacar el bastón de seguridad de su auto. Curiosamente, el cholo tenía mi celular, le empiezo a gritar que lo suelte, mientras el cholo gritaba “Raza, cáiganle”, clara solicitud de ayuda… a lo lejos vemos asomarse a un montón de sus amigos, éstos ven la escena y huyen corriendo; ese fue otro de los milagros de esa noche.
En ese momento, el cholo empieza a gemir “No me peguen, por favor, no me peguen”, tanto Homar como yo, sentimos algo similar a la compasión. Así que le volví a pedir que soltara el celular a lo que él responde, “primero suéltame” y yo no podía dejar de pensar que el chaval no había puesto atención a las clases de negociación. Después de insistirle un par de veces, lo suelta, me le quito de encima ¿No les había comentado que para esos momentos yo había caído justo arriba de él? Y sí, fue justo después de decirle “papacito” y pedirle a mi amigo que sacara “el fierro”.
El cholo huye despavorido… ¿y nosotros? Nos dimos cuenta en dónde estábamos, una de las peores colonias de la ciudad. Empezamos a tener miedo. Huímos lo más pronto que pudimos… y aquí estoy, 7 años después, recordando esos hechos, mientras oigo a Sabina en mis audífonos “Lo nuestro duró, lo que duran dos peces de hielo en un whiskey on the rock”… los 19 días y 500 noches, siguen acosándome.
Prólogo: Esa noche me gané una reprimenda que acepté gustoso por parte de mi novia. A los minutos aparece Homar para decirme, que había olvidado su celular en una de las bancas del parque, así que tuvimos que volver por él… pero esta vez, con más miedo. Paradójicamente, el celular estaba en el mismo lugar.