Como Gene Kelly
Siempre he creído que, para ligar a una chica, no hace falta más que un poco de ingenio, sentido del humor, inteligencia y honestidad. Cuando todo eso falló, lo intenté con el baile.
Siempre he creído que el baile es algo que está un poco sobrevalorado, no me culpen a mi por pensar algo como eso, pero nunca me ha parecido ni remotamente divertido. El baile es una de esas cosas que por más que me esfuerzo no logro entender, debe ser por mis pocas dotes de bailarín, lo cual es bastante malo si vives en una región donde bailar es una de las cosas más importantes.
No se desgasten pensando en una adolescencia frustrada, en realidad me divertía mucho, aunque recuerdo que en toda mi preparatoria solo fui a un baile, en la universidad me aloqué bastante, debí haber ido como a tres. ¿Qué si bailo? Claro, ¿Por qué no? Tantas bodas y quinceañeras siempre dejan algo de aprendizaje y además a mis parejas siempre les ha gustado bailar.
Hermosillo puede ser absurdo [y sórdido, como les he contado en innumerables ocasiones], un table dance de la ciudad decidió hacer un concurso de baile entre los ebrios parroquianos y las bailarinas. La modalidad era sencilla, cada chica escogía al azar a uno de los clientes y los subían a la pasarela, por alguna razón decidieron llamarle “El baile del desapendeje” [en su versión 2.0]. Mientras bailaban, al mejor bailarín le daban un caballito de tequila, teníamos un ganador, el héroe nacional del concurso de bailes absurdos. Era un tipo bastante… “festivo”, ebrio, por supuesto, bailando alegremente con la chica en cuestión… hasta que llegó el momento de la tanda de tequilas. Bufó, se llevó las manos a la boca y por más que pudo contenerse no pudo hacer nada. Vomitó sin remedio ante los ojos divertidos y asqueados de los asistentes a la corte de los milagros. Uno esperaría que, después de semejante demostración de “bravura”, la chica se quiatara horrorizada, pero en lugar de eso, ensayó su propia versión de Gene Kelly en “Singing in the rain”, chapoteando alegremente entre los charcos recién formados.
¿Desagradable? Tal vez. Pero verdadero. A estas cosas me refiero.
Como señalaba al inicio de esta entrada, en fechas recientes he desempolvado los viejos zapatos de tap para irme a codear con las masas bailantes de la ciudad a los antros de moda. Esto, para una persona con una agorafobia social, misantropía y un poco de hipocondriasis, no es un lugar agradable. Recuerdo las primeras veces que me encontraba en esos lugares inundados de personas, el ir al baño era un verdadero martirio, en esas ocasiones lejos de hacer a un lado a las personas para pasar, me recargaba amorosamente sobre sus espaldas [lo que hace la falta de afecto].
Dispuesto a no hacer el ridículo, saqué mis mejores pasos ocheteros de baile, el Corredor, el Robot y hasta el Moon Walker, pero por alguna razón no surtían el efecto deseado. Ahora veo esto, como una especie de trabajo antropológico donde he aprendido muchos de los rituales de apareamiento de la sociedad contemporánea. Sigo pensando que bailar no es lo mío, pero diablos, cómo se libera estrés. Cada sábado descubro con horror que me estoy convirtiendo en una mala copia entre Gene Kelly y Fred Astaire.