Cuando el pasado nos alcance
Leer el blog de JJ, me hizo recordar algunas anécdotas relacionadas con mi pasado, especialmente aquellas de la Casa del Rockero, una tienda de artículos relacionados con… ¿adivinan? el Rock. Debo decir que en aquellos tiempos yo no era muy afecto a ese género musical, no porque no me gustara sino porque, como ya he comentado en posts anteriores, mis gustos musicales rayan en el autismo.
En aquellos tiempos, yo tendría unos 15 o 16 años y cursaba mi educación preparatoria, acompañaba a uno de mis amigos a dicho lugar para que éste se hiciera de las novedades más recientes. Viajábamos en un vochito color naranja, que mi amigo le robaba a sus padres. Aclaro que cuando digo robaba, lo digo en el sentido más literal. Éramos unos capos que disfrutábamos de la adrenalina que la transgresión nos brindaba. Poco después se nos unió otra persona (una eminencia, el tipo, al grado de ser una figura importante en una universidad local). De vez en cuando, los muy cabrones, me mandaban al asiento trasero con la música a todo volumen y, a fuerza de costumbre, me hicieron aprenderme varias de las canciones de aquellos tiempos, pero mi favorita siempre fue Wind of Changes, sin entender lo que significaría para mi años más tarde.
Yo siempre había sido un estudiante más bien nerd, en la secundaria había sido un alumno con bastante buen promedio, fui ayudante de laboratorio (química era mi especialidad) etapa a la que le debo una de mis cicatrices en el dedo medio de mi mano derecha (pero esa es otra historia), pertenecí al club de teatro, fui propuesto para ser abanderado escolar (que era uno de los más grandes honores del lugar) e incluso tenía una beca que el gobierno otorgaba a los buenos promedios. Siempre me ha gustado la escuela y de hecho era de los que me deprimía cada que alguien sugería que todos nos voláramos las clases… aclaro, era bien nerd. Eso cambió cuando entré a la prepa y conocí a este amigo, quien era todo lo contrario. Deportista (jugador de beisbol de la selección nacional), estudiante regular (tirando a malo) y todo un vago profesional. Era experto poniendo apodos a las personas: El Franki (por unos zapatos que usaba el muchacho y que él decía se parecían a los de Frankenstein), el Rambo (el clásico chaval musculoso), el Egon (porque se parecía al personaje de Cazafantasmas), entre muchos otros.
Aunque habría que aclarar que su especialidad más sobresaliente era la de volarse las clases para jugar futbolitos, actividad en la que era uno de los mejores de toda la zona, muchos llegaban a retarlo, cual pistolero de película western y yo era como el patiño que solo podía decir alguna frase ingeniosa del estilo “Santas mesas de futbol, Batman”. En aquellos tiempos yo quería ser “malo”. No éramos los clásicos bravucones de la escuela, sino una especie de periquillos sarnientos que hubiéramos hecho las delicias de Fernández de Lizardi de haber vivido. Me volví un cuasi experto del futbolito, aprendí a burlar las máquinas para jugar insertando fichas de cerveza y refrescos en lugar de monedas, me codée con los buenos y los malos de la escuela y fue la primera vez que compré cerveza (éramos menores de edad), aunque eso sí, muy nices porque las acompañamos con queso asadero.
El día que me dejé el cabello largo, mientras estudiaba psicología en la universidad, ambos se rieron y me recordaron aquellos tiempos de la prepa en la que ellos decían que lo primero que harían al salir de ella sería dejarse el cabello largo, a lo que yo replicaba que lo que yo haría sería cortármela lo más que pudiera. A los años los papeles se invirtieron, ellos eran las personas con el pelo corto y yo con el cabello largo… otra ironía del destino.
Alfredo siempre ha sido muy solidario y yo siempre he sido una persona que no tiene mucho dinero (ahora que lo veo de esta manera, creo que de aquí viene mi desapego material), él era hijo de tenderos y, no sé si decirlo, solía robarse un poco del dinero de su negocio para pagarnos las comidas y materiales que requeríamos para las tareas. Años después le dedicaría mi tesis de maestría, no parecía muy impresionado cuando se la mostré.
Ahora se encuentra casado y nos frecuentamos de vez en cuando para ir a comer o para acompañarlo en alguna diligencia. También le debo al menos dos perlas de sabiduría:
Sobre el matrimonio:
Un matrimonio sin TV no funciona (lo dijo poco después de casarse). Días después fui y compré mi primer televisor propio porque me iba a vivir con una novia. Ttengo que confesar que sí funcionó.
Sobre los hijos:
Es bueno tener hijos, porque cuando uno llega del trabajo, cansado y los mira, hasta parece que te quieren en lugar de sólo utilizarte. Eso lo dijo cuando le pregunté sobre qué sentía de ser padre.
Dudo que sepa lo mucho que ha ayudado a ser lo que soy… supongo que si lo supiera podría sentirse decepcionado, así que mejor no se lo digo.
Parafraseando al buen Groucho Marx tengo que decir “Una persona me orilló a la mala vida y nunca tuve la decencia de agradecérselo“.
Dentro de la tradición del 